El cielo está violeta. Pero ella camina con la bufanda de lana anudada al cuello igual que siempre. Sin disfrutar del atípico color de la manta que abriga a las estrellas. Tiene demasiados pájaros, leones y demás fieras en la cabeza como para entretenerse con esas tonterías. Espera al autobús con la mirada perdida, arrancando el esmalte fuxia de cada una de sus uñas con los dientes. No puede evitar que le tiemble la pierna. ¿Qué le espera al otro lado del autobús para que esté tan nerviosa? Sube en él con paso tranquilo pero con los pelos alborotados. Esta tarde no ha recogido su cabello con ese coletero azul que tantas veces se encuentra olvidado en cualquier rincón de casa. Permanece hermética durante todo el trayecto, como si estuviera en una clase de teatro experimental y tuviese que actuar como parte del mobiliario. Tan sólo cambia la posición de su lánguido cuerpo para atar los cordones de sus desgastadas zapatillas. Su madre amenaza siempre con tirarlas a la basura pero ella defiende que han recorrido muchas ilusiones juntas como para despedirse de una forma tan poco romántica. Cuanto más se acercan las ruedas a la parada en la que debe bajar más temblorosa parece la forma en la que sujeta su bolso. No es un bolso demasiado elegante ni un bolso “casual” a la usanza de los modernos. No es un bolso ni muy marrón ni muy anaranjado. Ni siquiera muy ocre. Es su bolso favorito simplemente. De él saca la llave del portal de su casa, compañera de la de la bicicleta y de por lo menos cinco llaveros, cada uno regalo de alguien especial. Especiales eran al menos antes esos “alguienes”, hasta que sus preocupaciones parecían más importantes que las sonrisas que estos le proporcionaban, ya no tenía tiempo para nadie. Ni para ella si quiera. Sólo para dar de comer a las fieras de su cabeza. Una vez en casa el miedo se apodera de ella. El miedo a su propia imaginación, a sus preocupaciones y a todas esas cosas que no hacían otra cosa más que arañarla la felicidad de sus labios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario